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Destino desconocido de Mara Urnoba

Mara Urnoba – Relato corto romántico de suspense

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Destino desconocido

Cuando entré a formar parte de la Cooperativa Metropolitana de Taxi, no pensé que me embarcaría en una aventura en el más puro estilo detectivesco, con fugitivo incluido. Los despertares anestesiados, el líquido aromático y estimulante de todos los días y el menú de Casa Antonio eran toda mi vida, hasta que cayó en mis manos aquel maletín que me descolocó. Yo estaba, como de costumbre, disfrutando de un pincho de tortilla en compañía de Gonzalo, un treintañero hipotecado hasta las cejas a quien la crisis había arrastrado a transformar su medio de transporte particular en público. Otro pobre desgraciado del gremio.

El relato corto de Mara Destino desconocido
Destino desconocido – relato corto de Mara Urnoba

Todo sucedió después del último servicio de aquella noche. No suelo fijarme en los clientes que suben al taxi, pero aquella vez… Sus ojos brillaban como fósforo en la oscuridad y su voz se quedó grabada en mis oídos como una suave melodía. La llevé al aeropuerto y esa fue la primera vez que la vi. Después regresé a casa, abrí el maletero y, entre mis cosas, encontré un pequeño maletín marrón, de piel, de los que utilizan los ejecutivos para sus continuos viajes. La curiosidad me ha perseguido toda mi vida. Así que lo abrí ansioso y escudriñé cada rincón y, allí, escondidas de las miradas ajenas, estaban como dormidas. Eran tres cartas escritas por una mujer que se hacía llamar Zoe. Enseguida pensé en aquella espectacular dama del aeropuerto.

La letra recorría la página, engordando o empequeñeciendo el espacio. Parecía que las había escrito después de ingerir o inyectarse alguna droga. El mundo de la perdición llama a todas las puertas y muchas veces entra sin avisar. El contenido de las mismas me cortó la respiración. La narradora femenina decía que estaba cansada de la vida, que no soportaba el dolor, y que las heridas eran demasiado profundas para sanar. Insistía en que, después de lo sucedido, no podía volver a Olivella ni enfrentarse a las miradas de odio de las mujeres y de deseo de los hombres. «¿Qué hacía una hembra como aquella en un pueblucho de viejos amargados y resentidos?». En la última carta amenazaba con arrasar con todo. TODO. Me entró el pánico. «La jodida busca venganza», pensé enseguida. Y dejaba claro que volvería al hospital acompañada de unos cuantos para no abandonarlo jamás. La muy cabrona había decidido convertirse en víctima y en verdugo y llevarse las vidas de aquellos infelices. «Ni de una dulce mirada ya uno puede fiarse», me dije rascándome la barbilla. Y yo, que nada pintaba en aquel desaguisado, estaba al corriente de aquella matanza. «Ni en sueños me veré entre dos fuegos», pensé en ese instante.

Las cartas del relato Destino desconocido
Las cartas de Destino desconocido el relato corto de Mara Urnoba

La gente no suele almacenar el rencor tanto tiempo en el corazón; a no ser que los males que padezcan sean irreversibles, es decir, terminales. Además, había cogido un avión y seguramente esa pobre trastornada, la tal Zoe, estaría disfrutando de los placeres mundanos de la vida en una playa exótica del Caribe. Así que me olvidé del asunto y me centré en mis recorridos nocturnos, en mis clientes ebrios o somnolientos, y en mis escapadas a Casa Marie entre servicio y servicio; pero, sobre todo, en gozar al máximo de los momentos de soledad que me brindaba mi oficina de cuatro ruedas, recorriendo las calles de mi amada al son de I Love Rock ‘n’ Roll de Joan Jett.

Sin embargo, no pude olvidarme de Zoe y de aquellas cartas escritas con trazos desiguales, tortuosos, atropellados… Líneas que presagiaban un triste final. No iban dirigidas a nadie en particular. Parecían vomiteras repentinas para calmar el dolor del alma, o del corazón, quién sabe. Tal vez huía de una vida que otros habían diseñado a su medida, y a su conveniencia, pero que a ella no le interesaba. Todo se resumía en un maldito lugar llamado Olivella.

Reconozco que la curiosidad me venció y al día siguiente tomé la decisión de viajar hasta ese pueblo «maldito». A todos nos entra, al principio, cagalera cuando creemos que nuestras carnes peligran, pero luego se nos pasa y nos lanzamos al vacío sin medir las consecuencias. Y todo para demostrar que somos el más gallito del corral. Nunca había estado allí y me moría de ganas por conocer Olivella, mejor dicho, por ser testigo presencial de un hecho delictivo. La salsa que necesitaba en mi vida. Y creo que lo deseé tanto, durante tanto tiempo, que aquel plan se malogró en el mismo instante en que lo convertí en propósito. Esa mañana, mientras hacía la maleta, sucedió algo inesperado. Yo estaba rebuscando en el maletero de mi coche una camisa lisa y negra con el rostro de Elvis en el lado del corazón. Como no la hallaba, pensé, incluso, que la había olvidado en la lavandería; pero como la paciencia nunca me ha acompañado a ningún lugar en los que he estado, agarré con los brazos todo lo que había llevado a la lavandería y lo volqué en el suelo del garaje. Fue, entonces, cuando lo vi. Otro maletín de piel, en este caso negro y de esos que cuestan un riñón. Supuse que pertenecía a uno de mis clientes de esa noche, al de apariencia más ricachona. Lo recogí en la avenida Diagonal y su belleza irritó mis ojos. Lo llevé también hasta el aeropuerto. Dos fugitivos guaperas y olvidadizos en mi taxi huyendo a medianoche. «Vaya mierda de delincuentes», pensé al instante. Pero enseguida me convencí de que me había topado de lleno con un asunto turbio.

El maletín de Destino descocido
El maletín del relato corto Destino desconocido de Mara Urnoba

Claro como la leche. Se trataba de una banda organizada que pretendía deshacerse de todos los taxistas de la ciudad en la oficina de Objetos Perdidos y, entonces, harían estallar la bomba… y la carnicería sería la nuestra… Pero ¿qué culpa tenemos los taxistas de los problemas de este puto país? Me empezaron a temblar las piernas y las ideas. Sabía que no debía abrirlo, que hacerlo era violar la intimidad de otra persona, pero mi olfato detectivesco me pudo. No hacerlo significaba, también, olvidarme de su existencia, y de mi vida. La única que tenía. No pude evitarlo. Lo abrí. Y me entró la risa. También había una carta. Pensé, entonces, que se trataba de la jodida Cámara Oculta que algunas cadenas se empeñan en grabar sabiendo el morbo que le produce a la gente. Me cagué en todo y en mi cabeza aparecieron los nombres de mis dos colegas con los que me corría las mejores juergas. «Cuando les pille, los mato», me dije mientras mis ojos recorrían todas las esquinas de la calle. Nada de nada. Ni una puñetera cámara. Me rasqué la coronilla.

No podía con la incertidumbre. Estampé mi mano en la carta y la abrí intentando no romperla, pero mis dedos estaban torpes y acabé destrozando el sobre. Me fijé, entonces, en que iba dirigida a Zoe y que el remitente era un tal Santiago Montenegro. Aquello no podía ser casualidad. Apenas podía atemperar los nervios, la leí como un niño ansioso que disfrutaba de su regalo. En la carta, el joven expresaba su amor incondicional hacia ella y sus deseos de morir si lo separaban de ella. Había escrita una frase que indicaba la próxima cita: Aeropuerto del Prat. Ni putas, ni delincuentes, ni terroristas. Dos desgraciados del amor que el caprichoso destino había cruzado en mi camino para que yo ejerciese de celestino. Lo que me faltaba. Así que me olvidé del viaje a Olivella, ya le había visto las orejas al lobo en muchas ocasiones, y no me convenía tentar a la suerte, y me encaminé hacia el aeropuerto con el fin de olvidarme para siempre de los dos maletines, pero sobre todo de las dichosas cartas.

Mara Urnoba y el relato Destino desconocido
El aeropuerto del relato corto Destino desconocido de Mara Urnoba

Cuando llegué, busqué la Oficina de Equipajes Perdidos. Me hicieron rellenar una hojita y estuve a punto de perder la paciencia. Me contuvo la mirada inquisitiva de uno de los policías. Cuando vemos a un madero a todos se nos afloja la bragueta. Al salir de la oficina me fui directo a una de las cafeterías del aeropuerto. Pedí una cerveza y un bocadillo ibérico. Tanta emoción me había abierto el apetito. Y como no encontraba el mechero me acerqué a una pareja de tortolitos y les pedí fuego. Menuda sorpresa me llevé. Eran ellos. Azafata y piloto con cara de póker. Sus miradas se clavaron en mis pupilas. Me presenté. No tardé en informarles sobre dónde se encontraban sus malditos maletines y ellos, muy agradecidos, me confesaron que habían perdido la esperanza de encontrarlos y que, incluso, habían llamado a la Cooperativa de Taxi para dar conmigo. Me contaron que estaban trabajando en una novela romántica y que pretendían sacar un dinero extra vendiendo amor. Se me puso cara de lelo. Y yo, durante horas, había estado desgranándome los sesos en busca de respuestas con el fin de convertirme en héroe nacional…

El relato corto y una imagen para simbolizar Destino desconocido
Sin rumbo para el relato corto Destino desconocido de Mara Urnoba

Desde ese día me prometí que antes de cerrar el maletero de mi oficina me aseguraría de que los clientes agarrasen todas sus cosas. Pero una mañana, cuando terminé el último servicio, me dirigí a la lavandería. Saqué mi bolsa de deporte del maletero y cuando la abrí no me lo podía creer. Treinta mil dólares americanos habían caído en mis manos como ángeles salvadores. Sabía a quién pertenecía: al irritante capullo que había recogido del aeropuerto y llevado al Hotel Ritz. Un indeseable que no lo necesitaba. «¿Quién en su pleno juicio lleva esa cantidad de dinero en una bolsa de deporte?». Jaque mate. Me fui a casa, hice la maleta, abrí otra cuenta en un banco e ingresé parte del dinero. Pensé en Panamá. Pero descarté la opción. Demasiados papeles confiscados… Y demasiados maderos husmeando en la misma mierda. Decidí otra ruta más segura y menos peligrosa. El resto del dinero lo depositaría en el interior de mi colchón. Nadie se atrevería a fisgonear dentro de él. Ni siquiera mis nenas de curvas prodigiosas. De vuelta a casa, antes de zurcir mi tesoro, hice una parada en una agencia de viajes y me compré un billete de avión. Dejé el taxi en el garaje y cogí mi coche. De camino al aeropuerto imaginé el resto de mis días recorriendo otras calles, otros bares y otras mujeres. ¿Identidad? Jubilado. ¿Destino? Desconocido.

Mara Urnoba

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